Has entregado buena parte de tu vida en construir este sueño que llamas hogar. Hoy con el paso del tiempo, solo te quedan estas imágenes de unos negativos olvidados, como testigos de esas historias de amor que viviste con tus hijos. ​

Veo en tu mirada esa emoción inocente por vivir y una seguridad que me contagia y me ayuda a dejar a un lado mi miedo a la incertidumbre. ¿Qué sería de mí sin ti, sin ustedes?

La cotidianidad de la vida te hipnotiza y hace que el tiempo pase y no lo sientas. Aquellos que cuidaste con ternura, hoy crecen y forjan su propio destino. Esos sueños afectuosos de miradas inocentes, sonrisas picarescas y lágrimas de tristeza; te recuerdan lo que un día fue tuyo y construiste con tanta ilusión.

Cada uno con sus destrezas y sus miedos, tan diferentes y similares a la vez. La primogénita, siempre valerosa buscando hacer del mundo un mejor lugar. Seguida de la amazona con alma de jinete, la que en cada caída se levanta más fortalecida. Y finalmente, el más pequeño, que con su noble corazón y sonrisa eterna, te hace suspirar.

Sin darte cuenta pasaron los años y hoy veo en tu mirada esa melancolía de sentirte llena y vacía a la vez, sin saber muy bien en qué momento pasó. Siempre con la esperanza que algún día regresarán, aunque sea por un instante, y un abrazo de madre será suficiente para que borres la distancia, encarceles tu tristeza y te vuelvas a enamorar.

-somos cinco-